El día había amanecido muy inestable. En enero en esos parajes era frecuentes que se vieran de repente cubiertos por las fuertes nevadas que en ocasiones solían precipitarse casi sin aviso previo. Las altas cumbres  que había por los alrededores frenaban el aire cargado de humedad y al chocar con ellas descargaban todo lo que contenían y cuando los días eran fríos como el que hoy hacía, en lugar de lluvia, las gotas se convertían en copos de nieve que cuando llegaban al suelo lo cubrían todo con un manto blanco.

            El hospitalero que conocía sobradamente estos súbitos cambios de tiempo, contaba con la experiencia suficiente para aconsejar a los pocos peregrinos que se aventuraban a recorrer el camino por aquellas fechas de lo que podía ocurrirles, aconsejándoles que se quedaran ese día en el albergue para evitar riesgos innecesarios y si el tiempo no mejorara, debían pensar quedarse algún día más hasta que fuera seguro el camino.

            Emilio, siempre había deseado caminar en épocas invernales, había recorrido varias veces el camino, pero siempre en los meses más soleados del año, cuando sus vacaciones se lo permitían. Pero deseaba conocerlo en esa época en la que apenas se encuentra con nadie y los lugares por los que va pasando son especialmente limpios y sobre todo silenciosos ya que son las fechas en las que menos peregrinos hay recorriendo el camino.

            Escuchó atentamente las recomendaciones que les estaba haciendo el hospitalero, pero, él se consideraba un peregrino experto, al menos era ya un veterano que llevaba muchos caminos en sus piernas y la etapa que iba a afrontar la recordaba bastante bien ya que la había recorrido en varias ocasiones. Analizó todos los consejos que le daban y decidió ponerse a caminar, si el tiempo cambiaba, sabía que siempre se iba a encontrar con varias casas en las que le pudieran socorrer y si acaso veía que las condiciones metereologicas se volvían muy adversas, siempre tenía la opción de dar la media vuelta y desandar lo que hubiera caminado.

            Otros tres peregrinos debieron pensar lo mismo que Emilio ya que también se estaban disponiendo a comenzar a caminar, eran dos jóvenes y una peregrina con las que venía haciendo las últimas etapas coincidiendo en los mismos albergues.

            El hospitalero, cuando les vio en la puerta del albergue trató en un último intento de hacerles desistir de su idea, pero los cuatro estaban plenamente convencidos, este era su camino y también la forma en la que querían hacerlo y todos las recomendaciones del hospitalero cayeron en saco roto, pero les dio los últimos consejos indicándoles lo que tenían que hacer si como el preveía el tiempo cambiaba inesperadamente.

            Si la nevada era muy intensa, debían buscar un lugar protegido y si no lo encontraban debían resguardarse sobre todo del viento y tratar de permanecer lo más abrigados que les fuera posible y les facilitó varios teléfonos de urgencia y los puntos exactos en los que había alguna casa en la que pudieran resguardarse.

            Los cuatro peregrinos comenzaron a caminar juntos, como ellos esperaban el día era especialmente limpio, era lo que estaban buscando en ese camino y de vez en cuando comentaban lo que se iban a perder los que habían decidido buscar la comodidad del albergue ya que no iban a disfrutar una jornada que iba a resultar inolvidable.

            Fueron sacando muchas fotos para tener ese recuerdo que luego mostrarían con orgullo, no querían perderse ni un solo instante de aquella maravilla que la naturaleza les estaba proporcionando ya que el camino estaba resultando mucho más hermoso de lo que ellos podían imaginarse.

            Cuando apenas llevaban dos horas de camino, vieron en el horizonte del oeste unas nubes que no presagiaban nada bueno, eran especialmente oscuras y parecía que avanzaban hacia donde ellos se encontraban a gran velocidad y que pronto les darían alcance.

            Los dos peregrinos que ahora caminaban más retrasados, no hacían nada más que hablar entre ellos y en un momento determinado le dijeron a Emilio y a la peregrina que ellos se daban la vuelta, no querían aventurarse a algo que desconocían y preferían volver a buscar la protección que les proporcionaba el albergue del que habían salido.

            Emilio y la joven peregrina eran de esas personas muy tenaces que una vez que toman una decisión la llevan hasta el final a pesar de las consecuencias que tengan que afrontar porque estaban acostumbrados a los retos, especialmente a aquellos que siempre eran algo más difíciles que los que la monotonía de su vida diaria ponía a su alcance.

            Se despidieron de los peregrinos, no sin una sensación un tanto contradictoria ya que por un lado envidiaban les envidiaban por el confort que estos iban a disfrutar en unas pocas horas, pero por otra parte sabían que las sensaciones que ellos iban a experimentar ese día, ellos se lo iban a perder.

            Emilio caminaba abriendo camino y la peregrina le seguía, él tenía reciente el recuerdo bastante fresco en su mente de esta etapa que había recorrido no hacía mucho tiempo y sabía cada uno de los desvíos del camino donde se encontraba y por donde debía seguir, no le hacía falta mirar las señales del camino ya que se encontraban almacenadas en su mente y recordaba perfectamente cada uno de los desvíos que tenían que hacer.

            La tormenta ya estaba encima de ellos, de repente había comenzado a descargar primero unas gotas de agua que se convirtieron en nieve dando paso a unos fuertes truenos que les dio la sensación que al impactar contra las nubes las descomponían en cientos de pedazos y como si fuera un torrente todo el contenido que estas llevaban se precipitó de golpe hacia el suelo.

            Buscaron algo de protección momentánea de aquella avalancha bajo las grandes copas de unos árboles cercanos y se resguardaron de lo más intenso de esa repentina tormenta, aunque tampoco las ramas podían soportar la avalancha que les había caído encima y de vez en cuando la nieve que habían retenido al no soportar el peso conseguía vencerlas y caía al suelo.

            Cuando parecía que amainaba un poco la precipitación decidieron seguir ya que según las indicaciones que les había proporcionado el hospitalero, debían encontrarse muy cerca de una casa en la que buscarían cobijo.

            La peregrina ahora estaba caminando por delante y a pesar del más de medio metro de nieve que se había acumulado, al ser menos pesada que Emilio avanzaba sin tanta dificultad como este que a cada paso que daba se hundía hasta la cintura.

            Le estaba resultando muy difícil avanzar por aquel camino tan inhóspito y fue perdiendo de vista a la peregrina aunque trataba de seguir las huellas que esta iba dejando, pero la nieve seguía cayendo unas veces con más intensidad que otras y pronto también fue perdiendo esa referencia que le dejaba la peregrina.

            El sudor ocasionado por el esfuerzo tan grande que estaba haciendo, contrastaba con el extremo frío que había a su alrededor y pensó que si seguía caminando acabaría por congelarse ya que estaba comenzando a encontrarse muy mal y lo achacaba a ese contraste que había en su cuerpo.

            Vio unos matorrales que se encontraban al abrigo de la tormenta ya que en una parte apenas había nieve y esta se había ido acumulando en el otro extremo, el que estaba en la parte en la que soplaba el viento y como se encontraba muy cansado decidió sentarse al abrigo de lo que le parecía el sitio más seguro que había visto desde que comenzó a nevar.

            Puso su mochila como parapeto y saco de ella algunas cosas que pudieran servirle, se cubrió con su saco de dormir y por unos momentos sintió un alivio muy grande, pensó que quizá fuera mejor esperar a que pasara la tormenta antes de continuar.

            El cansancio y el mal estado en el que se encontraba, fue haciendo que se quedara dormido hasta que sintió la presencia a su lado de alguien que le estaba llamando y conseguía despertarle del profundo sueño que estaba teniendo.

            Vio como se acercaba una joven, era la peregrina que venía a buscarle, pero la vio muy cambiada, no llevaba ni la bufanda ni el gorro que tenia cuando estaban debajo de la copa del roble en el que se resguardaron y por vez primera se fijo en su cara y se dio cuenta que era muy hermosa, los largos cabellos rubios en los que tampoco antes casi no había reparado, caían sueltos sobre su espalda y le llegaban prácticamente hasta la cintura y sus ojos le recordaron esa mar medio azul y mitad verde en los que había una limpieza y sobre todo una profundidad que inspiraban la mayor de las confianzas.

            Ahora no llevaba puesto ni su forro polar ni el chubasquero que tenía antes, en su lugar cubría su cuerpo un largo vestido de lino blanco que le llegaba hasta los pies que también los cubría la tela, un cordón dorado ceñía el vestido a su cintura resaltando su busto. La joven alargó su mano para coger la de Emilio y al sentir el contacto de esta el calor que desprendía parece que pasó a través de la mano de Emilio a todo su cuerpo.

            -Sígueme – dijo la joven – vete pisando por el mismo sitio que yo lo voy haciendo.

            Emilio se incorporó y como le había dicho la joven la fue siguiendo a poco más de un metro de distancia. Le dio la impresión que el frió había helado la nieve, ya que ahora prácticamente no se estaba hundiendo como le ocurría antes, tampoco la peregrina se hundía en ella ya que apenas estaba dejando ninguna huella, le dio la impresión que era como si se encontraran caminando por un terreno firme o sobre una placa de hielo.

            Enseguida divisaron a escasos cincuenta metros una casa, estaba muy cerca de donde Emilio se había detenido, aunque dudó que él hubiera llegado solo ya que las referencias del camino y de cualquier otra señal se habían perdido desde que la nieve comenzó a caer de una forma tan virulenta y no sabía en donde se podía encontrar en esos momentos.

            -Llama a la casa y luego estaré de nuevo contigo – dijo la joven.

            Emilio no preguntó nada, se limitó a hacer lo que la peregrina le había dicho, se encontraba tan deseoso de llegar a un sitio protegido que siguió avanzando en dirección a aquella vivienda que ahora se había convertido en su tabla de salvación.

            Un hombre de mediana edad y de una estatura más baja que lo normal le abrió la puerta, era Jacinto el dueño de la casa que al verle le comento:

            -Entra y vete a sentarte junto al fuego de la chimenea que te estábamos esperando hace rato, ya nos tenías muy preocupados y me has pillado preparándome para salir en tú búsqueda.

            Al lado de la chimenea, estirando sus manos para que se calentaran se encontraba la peregrina, no se había quitado el gorro y llevaba puesto un polar similar al que Emilio recordaba. Mientras se fue quitando la ropa mojada que llevaba y se puso ropa seca que tenía en su mochila, Jacinto le trajo un tazón grande de leche caliente.

            -Toma esto lo primero, que estarás congelado por dentro y seguro que la leche te reanimara.

            -Gracias y a ti también por salir a buscarme – dio mirando a la peregrina.

            -Yo no he salido a buscarte – respondió ella – el señor iba a hacerlo viendo que no llegabas, ya estábamos preocupados por tu retraso ya que yo he llegado hace más de dos horas.

            -¡Pero si tú me has traído hasta aquí! – dijo Emilio – si no llegas a cogerme y animarme, seguramente me hubiera quedado dormido y con el frío que hacía me habría congelado.

            -No he salido de esta casa desde que llegué – dijo la peregrina – me encontraba tan cansada y tan aterida de frío que no podía ni moverme y no hubiera podido salir de la casa aunque lo hubiera intentado.

            -Yo te he visto, llevabas el pelo suelto y algo más largo que como te lo había visto otras veces y también vestías de forma diferente a como lo haces ahora, pero estoy seguro que eras tú, si no hubiera sido por ti, no se donde estaría a estas horas.

            -Bueno, si tú lo dices – comentó ella – pero seguro que ha sido un delirio que has tenido o un sueño que te has imaginado, porque el señor te lo puede decir que no me he movido de aquí.

            -Habrá sido la dama de las nieves – dijo Jacinto como si matizara cada una de las palabras que estaba diciendo.

            -¿La dama de qué? – preguntó incrédulo Emilio clavando sus ojos en su anfitrión.

            -De las nieves – volvió a repetir Jacinto enfatizando cada palabra. Por los datos que te estoy oyendo comentar, te has encontrado con la dama de las nieves. Algunos peregrinos en días de fuertes nevadas, aseguran haberla visto, pero solo tenemos referencias de ella por los comentarios que los peregrinos nos dais ya que nadie de la comarca ha conseguido nunca verla.

            -O sea que me he encontrado con un espíritu – dijo medio en bromas Emilio.

            -Bueno, tú la defines como un espíritu, otros la han comparado con un ángel, quien sabe, quizá sea un poco de todo, pero ya son varios los peregrinos que cuando hablan de ella lo hacen casi con las mismas palabras y curiosamente se encontraban en una situación como la que tú estabas.

            -No me lo puedo creer – dijo Emilio – eso es una broma que me estáis gastando, en estas tierras sois muy aficionados a estas cosas y como broma la acepto, pero yo se lo que he visto y no estaba soñando porque la tenía a poco más de un metro de mi lado.

            -¿No observaste nada en ella que te llamara la atención? – preguntó Jacinto.

            -Ahora que lo dice, para el frío que hacía, llevaba muy poca ropa cubriendo su cuerpo y sin embargo cuando me ayudó a levantarme sentí su mano muy caliente, también cuando estábamos caminando, me fije alguna vez en el suelo y vi que apenas dejaba huellas en la nieve, pero supuse que se había congelado y por eso las huellas no se quedaban reflejadas.

            -¿Y no recuerdas alguna cosa más? – preguntó Jacinto.

            -Sí, hubo una cosa que me llamó la atención, pero pensé que se trataba de una alucinación extraña o una mala jugada que me había hecho mi imaginación. Según iba caminando, había un pequeño túmulo en el suelo, imagino que sería una ondulación del terreno o un tronco que se había caído y estaba cubierto por la nieve, ella fue a librarlo y al estirar el pie, sobresalió este a través de su vestido y me pareció ver que se encontraba descalza, pero solo fue eso, una imaginación mía.

            -No se trata de ninguna imaginación, algún peregrino que también la ha podido ver me ha dicho lo mismo que me estás diciendo. Tú crees que alguien descalzo que sea normal va caminando sobre la nieve.

            -Pues ahora que lo dice y atando cabos, no es nada normal, estoy empezando a creer lo que me está diciendo, pero era tan real, la veía como os estoy viendo ahora a vosotros.

            -De ahora en adelante, puedes mirarla o sobre todo recordarla como ese ser especial que se te ha aparecido y te ha salvado la vida, porque si hubieras permanecido más tiempo en el lugar que ella te encontró te hubieras muerto congelado, no eres el primero al que le ha ocurrido eso ni tampoco serás el último a no ser que la dama de las nieves se encuentre por allí y como ha hecho hoy te guié hasta un lugar en el que puedas resguardarte.

            Esa noche, ninguno de los tres pudo dormir y se quedaron frente a la chimenea, contemplando como las brasas iban consumiendo la leña que constantemente Jacinto añadía a la chimenea para que no faltara el calor. Mientras, Emilio le hacía muchas preguntas sobre su dama salvadora y como si ya lo supiera de memoria todo lo que iba a decir, ya que lo había hecho en muchas ocasiones, Jacinto le fue contando cada uno de los casos que él conocía en los que la dama de las nieves se había aparecido a un peregrino.

            Emilio se lamentó que el cansancio no le hubiera permitido observar más a aquel ser especial y se alegró de ser uno de los afortunados que habían tenido la ocasión de haber estado caminando a su lado.

 

Sentimientos Peregrinos

Sentimientos Peregrinos – La dama de las nieves
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