Arturo era un peregrino a la antigua usanza, le gustaba recorrer el camino solo, había llegado a un punto que la única compañía que podía soportar era la que le proporcionaban sus pensamientos. También huía de los caminos en los que ver dos peregrinos al día ya era para él una multitud, por eso recorría nuevos caminos que no se encontraban entre los frecuentados por los peregrinos.

            Después de caminar varias veces por los senderos que se encontraban más o menos señalizados, busco nuevas rutas, deseaba que sus pies fueran los primeros que dejaran sus huellas en este resurgir del camino que se estaba produciendo a finales del siglo veinte.

            Cuando pensaba que todas las rutas eran muy conocidas por él, se fue hasta el levante, el extremo sureste de la península con el objetivo de cruzarla lateralmente y llegar a Santiago.

            Sabía que no encontraría ningún equipamiento preparado para los peregrinos, pero tampoco le hacía falta, siempre había un alma bondadosa que le ofrecería algún lugar a cubierto en el que pasar a resguardo esa noche y si no era así, disfrutaría en medio del campo contemplando la inmensidad del firmamento que le arroparía durante la noche. De esa forma era feliz, vivía el camino como él quería hacerlo y sentía que su peregrinaje adquiría un sentido que en otros caminos se estaba comenzando a perder por la masificación que cada año tenía con nuevos peregrinos o con aquellas personas para quienes el camino era solo una aventura.

            Como siempre que estaba en el camino, cada vez que llegaba a un nuevo pueblo o a una ciudad, lo primero que hacía era acercarse hasta la iglesia o la catedral. Le gustaba admirar el arte que allí se había acumulado a lo largo de los siglos y de paso se postraba ante las imágenes a las que habitualmente pedía amparo cada vez que se encontraba en el camino.

            Al acceder por la puerta principal del templo, apenas se percató de dos mendigos que se encontraban  a los lados de la entrada implorando la caridad de los fieles y buscaban esa limosna que les permitiera adquirir los alimentos básicos que iban a necesitar para la supervivencia diaria.

            Arturo fue contemplando las diferentes obras que adornaban los retablos y las capillas de la Iglesia, las había de diferentes estilos ya que el templo había tardado varios siglos para poder ser contemplado como ahora lo hacía el peregrino.

            Cuando considero que ya había visto con todo lujo de detalles lo que había en el interior del templo, salió del mismo con la intención de caminar, tenía por delante una larga etapa y no quería entretenerse más de lo necesario para que la noche no se le echara encima antes de terminar la jornada.

            Cuando llevaba recorridos unas docenas de metros, escucho como alguien le llamaba:

-¡Peregrino, peregrino!

Se extrañó ya que no conocía a nadie en aquel lugar ni había entablado ninguna conversación con nadie, al darse la vuelta, vio como uno de los mendigos que se encontraba pidiendo limosna a la puerta de la iglesia corría hacia él y se detuvo para ver lo que iba a pedirle.

Cuando el mendigo llegó a su altura, se detuvo ante él introduciendo su mano en el bolsillo, la saco con las monedas que hasta ese momento había recaudado y se las ofreció al peregrino.

-Toma – le dijo – seguro que las necesitaras para llegar a Santiago.

El peregrino no sabía cómo reaccionar, había tanta generosidad en aquel gesto que le emociono, sintió como el vello se le erizaba y no sabía que responder. No podía rechazar aquel ofrecimiento, sería un desprecio a la generosidad de quien lo ofrecía todo y tampoco estaba tan necesitado para recibir una ayuda de quien lo necesitaba más que él,  podía ser la supervivencia para aquel día.

-Seguro que a ti te van a hacer más falta que a mí – acertó a decir Arturo sintiendo que se le hacía un nudo en la garganta y la emoción apenas le dejaba articular palabra.

-Quiero que esto sea para tu camino – dijo el mendigo – eso me hará feliz.

Aquel gesto le pareció a Arturo la muestra más sublime de generosidad que podía recibir de un ser humano. Jamás sentiría algo tan noble y tan sincero como lo que aquel ser tan necesitado le daba, no solo le ofrecía lo que tenía, le entregaba lo que podía significar su supervivencia de ese día, pensó que jamás se encontraría un alma tan noble como la de aquel desconocido mendigo.

El peregrino, con la emoción en su cuerpo se dio la vuelta y continuo caminando, de sus ojos se desprendían enormes y gruesas lagrimas. Lloró como no lo había hecho nunca, por un lado sentía la alegría de haber encontrado un corazón tan noble como el que había visto en aquel ser humano, pero también lloraba por la tristeza de que alguien tan puro se viera obligado a ejercer la mendicidad para sobrevivir cada día.

Ese camino lo hizo pensando en el mendigo de la iglesia y cuando llego a Santiago, también su primer pensamiento fue para él.

No ha vuelto a saber nada del mendigo, pero cada vez que Arturo pone sus pies en el camino o recibe algún peregrino cuando se encuentra como hospitalero, siempre tiene un recuerdo muy especial para quien le dio mucho más de lo que tenía ofreciéndole lo que necesitaba.

Leyó que en algunas ocasiones los seres divinos se vuelven humanos haciendo de las formas más diversas que uno puede encontrarse y en ocasiones es el maestro quien reconforta a sus seguidores vestido de peregrino, por eso cada vez que Arturo piensa en lo que le ocurrió, llega a la convicción de donde venia o a donde tenía que llegar aquel mendigo.

 

Sentimientos Peregrinos

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