Ese mes de junio, Pau había finalizado sus estudios de biología y se sentía cansado. Los últimos meses se había esforzado mucho para terminar la carrera con brillantez y lo había conseguido, resultó uno de los alumnos más brillantes en la facultad y se sentía satisfecho.

            Ahora se merecía un buen descanso, los siguientes meses se los dedicaría a sí mismo, descansaría al menos mentalmente, no quería ocuparse ni preocuparse de nada ni de nadie.

            Sus padres eran peregrinos. Cada año, siempre dedicaban unos días a recorrer el Camino y en varias ocasiones le habían hablado de el, pero Pau nunca se sintió atraído por este sendero mágico. Tenía otras prioridades antes que estar casi un mes caminando, pero ahora, parecía que toda esa paz que le habían contagiado sus padres cada vez que regresaban a casa, sería lo que más necesitaba y tomó la mochila de su padre, el saco de dormir y su madre le cedió su bordón. Tomó rumbo a Roncesvalles desde donde recorrería sin ninguna prisa esta vía milenaria.

            Hacía etapas muy cortas, caminaba sin prisa alguna por lo que cada día se encontraba con personas diferentes con las que solía compartir los momentos que estaban juntos en el albergue ya que caminar prefería hacerlo solo. Iba de una forma un tanto anárquica ya que a veces en una hora recorría cinco kilómetros y la siguiente solo recorría unos centenares de metros. Pero era como él disfrutaba de su camino, deteniéndose en cada momento que se encontraba a gusto, bien fuera por la visión de un paisaje maravilloso, porque se quedaba hablando con un pastor o porque le apetecía refrescar sus pies en el río que cruzaba.

            La experiencia estaba resultando como sus padres le habían dicho y estaba disfrutando plenamente con lo que hacía. Además, se había olvidado de sus preocupaciones y en su mente solo tenían cabida esas sensaciones que estaba experimentando cada una de las jornadas que se encontraba en el camino.

            Cuando llevaba caminando cerca de dos semanas, una tarde, antes de llegar al pueblo donde pensaba finalizar su etapa, al pasar por una zona en la que había matorrales, sintió que algo se movía entre las ramas y se puso alerta porque iba con su mente despreocupada y el ruido que se produjo consiguió asustarle.

            Se apartó unos metros de los matorrales y cogió con fuerza el bordón por si era necesario utilizarlo y cuando dirigió su mirada hacía el lugar donde provenía el ruido vio un cachorro de pastor alemán que se había metido en lo más frondoso de los matorrales y se encontraba inmovilizado sin saber como salir de allí.

            Los ojos negros del perro escudriñaban asustados y Pau percibía en aquella mirada una tristeza que no había visto antes en un animal de su especie.

            Cuando Pau se acercó para liberar al perro de la situación en la que se encontraba, este apoyándose en sus patas traseras fue reculando hasta que la espesura de las ramas no le permitió retroceder más.

            Pau viendo el miedo que había producido en el animal, le fue diciendo palabras cariñosas y con sus manos y el bordón fue apartando las ramas hasta dejar un pequeño pasillo que le permitía acceder al camino.

            El animal salió de la trampa en la que se encontraba y se quedó en el borde del camino a unos metros de Pau. Cuando este avanzó hacia él con la intención de acariciarlo, el perro se asustó y se separó lo suficiente para que aquel extraño no pudiera alcanzarlo.

            El joven no paraba de hablar al animal, lo hacía con suavidad y dulzura para que este fuera cogiendo confianza, pero el perro desconfiaba y cada vez que Pau se acercaba, el se separaba cada vez más.

            Entonces Pau se sentó en una piedra y sacó de su mochila los restos de un bocadillo que estaba a medio comer, fue troceándolo y arrojando los pedazos cerca de donde el perro se encontraba. Cuando el animal vio que el joven levantaba el brazo de forma amenazante para arrojarle algo, salió huyendo asustado y se separó una docena de metros.

            Pau se levantó y hablando de nuevo con mucha suavidad se acercó hasta el animal y muy despacio fue dejando caer los trozos de pan y de carne que tenía en sus manos. Fue en ese momento cuando el perro apartó sus ojos del joven e inclinó su cabeza para comer lo que Pau le había ofrecido.

            El joven viendo como engullía todo lo que le había dado, buscó de nuevo en su mochila más cosas que ofrecerle. Sacó unas bolsas de frutos secos que fue poniendo en la mano y el animal perdiendo el miedo o quizá debido al hambre que tenía, fue comiendo de la mano del joven.

            Pau le fue dando todo lo que llevaba y el animal lo devoraba según el joven lo ponía en su mano y mientras iba comiendo, con la otra mano fue acariciando la cabeza del perro ganándose su confianza.

            Estuvo casi dos horas hasta que se le acabó toda la comida que llevaba en la mochila. El animal agradeció las atenciones del joven dejándose acariciar, se había ganado su confianza y parecía que ya no sentía miedo de él.

            Pau lo cogió en sus manos y fue acariciando todo su cuerpo y según pasaba la mano observó algunas heridas en la piel del animal.

            Se puso de nuevo la mochila a su espalda y con la mano fue llamando al perro para que le siguiera. Este caminaba un metro detrás del joven y Pau le iba hablando como si fuera su amigo y cuando llegaron a las primeras casas del pueblo ya iban el uno al lado del otro.

            En la calle principal por la que caminaban, había un letrero que señalaba una clínica veterinaria y Pau decidió parar allí para que observaran al animal.

            La clínica estaba atendida por una joven, esta al ver el recelo del animal a entrar en el local, sabía como tratar estas situaciones y consiguió que accediera al interior sin dificultad.

            Pau, explicó a la joven como se había encontrado al animal y la reacción que este había tenido al verle y como huyó de él cuándo le ofreció la comida que llevaba.

            La joven examinó al perro y le confirmó a Pau que había sufrido maltrato y por eso actuaba como lo había hecho. Le mostró algunas heridas recientes y mientras se las curaba fue interesándose por el futuro del indefenso animal.

            -¿Y ahora que vas a hacer? – dijo la joven.

            -No lo sé, había pensado dejarlo en el pueblo por si se había escapado.

            -Pues si lo dejas y lo reclama su dueño, creo que seguirá sufriendo los malos tratos que ha tenido últimamente.

            -Es que yo no lo puedo llevar – dijo el joven.

            -Pues si quieres, avisamos a una perrera para que vengan a recogerlo, pero allí, si no se lo llevan en el tiempo que tienen establecido, es posible que lo sacrifiquen – dijo la joven.

            -¡Eso no!- exclamo Pau – pobre animal.

            -Pues tendrás que quedártelo, yo no puedo hacerlo porque su dueño puede reclamármelo y tendría que entregárselo. Seguramente en el camino, encontraras a un pastor o a un labrador que lo acoja gustosamente.

            Pau agradeció a la joven las atenciones que había dado a su nuevo amigo y que no aceptara cobrarle nada por ello y con el animal se dirigió al albergue donde pasarían esa noche.

            El primer contratiempo surgió cuando llegaron al albergue ya que el hospitalero le dijo que allí no podían acoger animales. Le explicó la situación en la que se lo había encontrado, pero el hospitalero no podía contradecir las normas que había en el local. Pero le ofreció una tienda de campaña que había dejado un peregrino y le dijo que si quería podía dormir en el jardín o dejar en ella al animal.

            Pau no se sentía con fuerzas para dejar solo al perro y cogió la tienda y la puso en el lugar que el hospitalero le había indicado.

            Esa noche Pau apenas durmió. El animal emitía unos aullidos muy lastimosos que no le permitían conciliar el sueño y se pasó toda la noche acariciándolo para que se calmara. El perro apoyaba su lomo en el pecho del joven agradeciendo el calor que este le proporcionaba.

            Lo primero que hizo esa mañana fue comprar alimento para su nuevo amigo y desayunaron juntos los dos en un campo verde que había en las afueras del pueblo. Ahora cada vez que Pau extendía su mano, el animal se acercaba a ella para sentir las caricias que él le ofrecía.

            Desde ese momento, Pau caminaba más despacio, tenía que pensar en su amigo que comenzaba a jugar con las mariposas que se encontraban y asustaba a los pájaros que estaban cerca del camino y también el sobrepeso que llevaba le hacía ralentizar el ritmo. La comida, el agua para el perro y la tienda de campaña eran unos kilos que no llevaba antes.

            Pau comenzaba a disfrutar del camino de otra forma, estaba haciéndolo con un amigo y le hablaba constantemente mientras este movía el rabo en señal de alegría y sus ojos iban perdiendo esa tristeza que tenía cuando Pau lo encontró.

            Un día que estaban sentados junto a un río, Pau le miró y le dijo que tenía que llamarlo de alguna manera, el animal le observaba con los ojos muy abiertos como si comprendiera todo lo que su dueño le decía.

            -Como vamos a Santiago, te pondré ese nombre. ¿Qué te parece?

            El perro movió el rabo y ladró dos veces como si asintiera lo que el joven le estaba proponiendo.

            En una ocasión pasaron junto a un rebaño y Pau se detuvo a hablar con el pastor. Santiago al ver tantos animales, se sentía nervioso y llego a tener miedo cuando los canes que guardaban el rebaño se mostraron desafiantes al ver que se acercaba a ellos y aullando fue a buscar la protección que Pau le ofrecía.

            Descartó en ese momento dejarlo con nadie, lo conservaría junto a él y ya no se separarían, era su compañero de camino y el lazo que los estaba uniendo era cada vez más fuerte.

            Casi todos los días hasta que llegaron a Compostela fueron para los dos inolvidables, disfrutaron cada momento que estuvieron juntos y se acostumbraron el uno al otro, eran los seres más felices que había sobre el camino ya que lo estaban compartiendo todo.

            Algunos días que el camino se hacía muy incomodo o tenían que transitar por el abrasador asfalto, Pau cogía en brazos a Santiago y le evitaba las penalidades de esos tramos.

            La llegada a su meta fue inolvidable, sentados en el centro de la plaza del Obradoriro, Pau le dijo a su nuevo amigo lo feliz que había sido con su compañía y este frotaba su cabeza contra la mano del joven como si tratara de decirle que él sentía lo mismo.

 

Sentimientos Peregrinos

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