Con mucha paciencia, como meditando cada uno de los movimientos que realizaba, aquella mañana dedico más tiempo que otros días a acomodar en cada sitio lo que se ponía para hacer esa etapa. El día iba a resultar muy caluroso y cualquier contratiempo lo padecería algo más que de costumbre.

            Decidió ponerse unos calcetines nuevos, eran de una lana muy fina y se ajustaban perfectamente a su pie, la primera vez que se los probó, comento que le sentaban tan bien como un guante.

            Dio la vuelta a las zapatillas y las golpeó, siempre podía introducirse en ellas algún elemento extraño durante la noche, ya le había ocurrido en una ocasión y eso hizo que se acostumbrara cada mañana a comprobarlo.

            Cuando se cercioró que todo estaba correcto, tiro con fuerza de los cordones y fue anudando como solía hacer, terminando con un nudo de lazo las zapatillas de deporte que utilizaba para caminar.

            Después de tres horas caminando, sintió en el talón del pie derecho una ligera punzada, pero como desapareció enseguida, no le dio mayor importancia.

            Sin que se percatara de ello, el calcetín estaba rozando con la zapatilla y la fricción constante estaba creando una importante bula, pero como no le molestaba, siguió caminando como si no le ocurriera nada.

            Después de siete horas caminando, la piel se había ensanchado excesivamente y había nacido una ampolla del tamaño de una moneda de un euro que había crecido hasta formar una vejiga liquida en la epidermis.

            Tenía varias opciones; esperar que el líquido de forma natural fuera reabsorbido por la piel lo que le haría detenerse varios días y alterar la planificación prevista. Pinchar y cortar la piel afectada, aunque eso podría ocasionarle una infección si continuaba caminando. La experiencia como peregrino, le había enseñado que si pasaba una aguja con un hilo y dejaba a este colgando de los extremos de la erupción cuando atravesara la ampolla, dejaría que el líquido fuera drenando por el lugar en el que se encontraba el hilo y vaciaría el contenido de la vejiga, luego con una jeringuilla rellenaría la zona afectada con betadine y desinfectaría el interior de la lesión.

            Así lo hizo, la naturaleza y la regeneración del cuerpo fue haciendo el resto durante la tarde y la noche que paso descansando en el albergue.

            Al día siguiente el peregrino estaba recuperado, las buenas maneras y el conocimiento para afrontar y solucionar los contratiempos permitieron que una lesión grave para el peregrino fuera vencida en unas pocas horas.

            Las ampollas son el principal tributo que los peregrinos suelen pagar cuando recorren el camino, esa lesión que si no se cura bien puede ocasionar otras más importantes y decisivas, una vez más es atajada por el conocimiento de quienes ya la han padecido o han visto en los albergues como otros que la padecen consiguen atajarla.

 

Sentimientos Peregrinos

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